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En el centro del Mar de la Tranquilidad vivía Pipo, un pequeño robot con ruedas de resorte que adoraba el polvillo plateado de la Luna. Allí, como no había gravedad que lo detuviera, cada mañana practicaba su actividad favorita: los saltos kilométricos. Con solo un impulso de sus patitas mecánicas, Pipo se elevaba sobre los cráteres más altos, saludando a las estrellas que brillaban con intensidad en el cielo siempre negro y profundo.
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Un día, mientras flotaba cerca de una montaña de cristal, Pipo encontró a una familia de rocas lunares que estaban tristes porque no podían moverse de su lugar. Las piedras le explicaron que, aunque eran ligeras, no tenían resortes para disfrutar del paisaje desde las alturas. Pipo, que tenía un corazón de metal muy noble, decidió usar sus cables y unas antenas viejas para fabricarles pequeñas mochilas propulsoras hechas con restos de meteoritos.
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