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En el pequeño asteroide Brillit, vivía una coneja espacial llamada Centella, cuyo traje de astronauta estaba hecho de hilos de plata y su casco era tan transparente como una burbuja de jabón. Centella no buscaba oro ni planetas conquistados; su única misión era recolectar "suspiros de estrella", unas pequeñas motas de luz que servían para iluminar las habitaciones de los niños que tenían miedo a la oscuridad en la Tierra.
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Un martes de polvo cósmico, Centella divisó algo inusual a través de su telescopio de cristal: el famoso Cometa de Caramelo había perdido su rumbo. Este cometa era vital, pues al pasar cerca de los planetas, dejaba una estela de polvo dulce que hacía que los sueños de todos los seres vivos fueran alegres y coloridos. Sin él, el espacio se estaba volviendo un lugar un poco más gris y aburrido.
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