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Había una vez un pequeño robot llamado Rapi, cuya tarea era limpiar el polvo de estrellas que se acumulaba en los anillos de Saturno. Con sus cepillos magnéticos y sus botas propulsoras, Rapi se deslizaba por los fragmentos de hielo como si fuera un patinador sobre una pista gigante y brillante. Aunque era un trabajo solitario, a Rapi le encantaba escuchar el suave "clink-clink" de los cristales chocando entre sí mientras el gigante gaseoso lo vigilaba con su enorme sombra.
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Un martes de meteoritos, Rapi divisó algo inusual: una pequeña estrella fugaz se había quedado atrapada en un remolino de gas. Sin dárselo dos veces, encendió sus motores al máximo y voló hacia el centro de la tormenta. "¡No temas, pequeña chispa!", exclamó el robot mientras extendía su brazo mecánico. Con mucha delicadeza, logró rescatar a la estrella, que brillaba con un color azul intenso y vibraba de agradecimiento entre sus manos de metal.
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